Sentirse solo estando rodeado de personas: cuando lo que necesitamos es sentirnos comprendidos

Hay una forma de soledad de la que se habla menos.

Es la que aparece cuando tienes personas alrededor, cuando quedas con amigos, trabajas, tienes pareja o familia, tienes conversaciones, te ríes… y, aun así, hay una parte de ti que siente que nadie conoce realmente cómo estás.

Quizá incluso te ocurre algo más difícil de explicar: tienes personas a las que quieres y que te quieren, pero no sientes que puedas mostrarte del todo con ellas.

Puedes contar que estás cansada/o, pero no cuánto.

Puedes decir que estás preocupada/o, pero no explicar hasta qué punto.

Puedes hacer una broma cuando algo te duele.

Puedes responder «bien» cuando, en realidad, necesitarías que alguien se sentara a tu lado y preguntara un poco más.

Y entonces aparece una sensación difícil de nombrar: «Estoy acompañada/o, pero me siento sola/o».

La soledad no siempre significa estar sola/o

Cuando pensamos en la soledad, solemos imaginar a alguien que vive aislado, que tiene pocas relaciones o que pasa mucho tiempo sin compañía.

Pero la soledad es algo más complejo.

La Organización Mundial de la Salud diferencia entre el aislamiento social, relacionado con la cantidad o frecuencia de nuestros vínculos, y la soledad, que tiene más que ver con cómo vivimos subjetivamente nuestras relaciones.

Podemos sentirnos solas/os incluso estando rodeados de personas.

De hecho, la OMS define la soledad como una experiencia dolorosa que aparece cuando existe una diferencia entre las relaciones que tenemos y las relaciones que deseamos o necesitamos.

Por eso, a veces, el problema no es que no haya nadie.

El problema es que no sentimos que podamos ser vistas/os de verdad por nadie.

«No quiero molestar» también puede ser una forma de soledad

Muchas personas han aprendido, de una manera u otra, a gestionar lo que sienten sin compartirlo demasiado.

«No quiero preocupar a los demás.»

«Cada uno tiene sus problemas.»

«No quiero parecer débil.»

«Seguro que se me pasa.»

«No sé cómo explicarlo.»

«Me da vergüenza contarlo.»

«Cuando intento hablar de estas cosas siento que no me entienden.»

Y poco a poco podemos empezar a construir una especie de personaje que funciona bastante bien en nuestro día a día.

Somos la persona divertida.

La que escucha a todo el mundo.

La responsable.

La que siempre puede con todo.

La que hace bromas cuando algo se pone demasiado serio.

La que cambia de tema.

La que dice «no es para tanto».

La que sabe qué hacer cuando los demás tienen un problema, pero no sabe muy bien qué hacer cuando es ella quien necesita ser cuidada.

Estos roles no son necesariamente falsos.

Son partes de nosotras/os.

Y muchas veces han cumplido una función importante: nos han ayudado a relacionarnos, a protegernos y a seguir adelante.

El problema aparece cuando se convierten en la única manera que conocemos de estar con los demás.

Vivimos deprisa y a veces aprendemos a relacionarnos desde la superficie

Vivimos en un contexto en el que todo parece pedirnos rapidez.

Responder mensajes.

Trabajar.

Producir.

Organizar.

Cumplir.

Contestar «bien, ¿y tú?».

Continuar.

Incluso nuestras relaciones pueden quedar atrapadas en ese ritmo.

Nos encontramos, hablamos de lo que ha ocurrido durante la semana, hacemos bromas, comentamos el trabajo, los planes, las vacaciones, las noticias…

Y todo eso puede ser agradable y necesario.

Pero la conexión emocional necesita, en ocasiones, algo diferente.

Necesita tiempo.

Presencia.

Curiosidad.

Escucha.

Necesita poder decir:

«Esto que te estoy contando me importa.»

Y, sobre todo, necesita poder experimentar:

«Puedo enseñarte una parte vulnerable de mí y no tengo que esconderla inmediatamente.»

El miedo a no ser comprendidos puede hacernos esconder precisamente aquello que más necesitamos compartir

Cuando una persona ha intentado hablar de algo importante y se ha encontrado con respuestas como:

«Intenta no pensar tanto.»

«Todo está en tu cabeza.»

«Pero si tienes muchas cosas buenas.»

«Anímate.»

«Eso nos pasa a todos.»

«Yo también estoy así.»

Muchas veces se nos queda un poso del que a veces no nos quedamos cuenta:

«Quizá sea mejor no contar lo que me pasa.»

No necesariamente porque las otras personas tengan malas intenciones.

Muchas veces quienes nos quieren desean ayudarnos, pero no saben cómo acompañar el dolor ajeno.

A veces intentan solucionar.

A veces aconsejan.

A veces comparan.

A veces hacen humor para aliviar la tensión.

Y otras veces simplemente no encuentran palabras.

Pero cuando esto se repite, podemos empezar a protegernos.

Dejamos de mostrar determinadas partes de nosotras/os.

Y cuanto menos mostramos, menos posibilidades existen de que alguien pueda conocernos en profundidad.

Así puede aparecer un círculo difícil:

  1. Necesito conexión
  2. Temo no ser comprendida/o
  3. Oculto lo que siento
  4. Los demás conocen menos de mí
  5. Me siento menos comprendida/o
  6. Me siento más sola/o.

Y no: no eres la única persona que se siente así

Una de las cosas más importantes que puede ocurrir cuando hablamos de soledad es descubrir que la experiencia es mucho más compartida de lo que parece.

La OMS estima que aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimentó soledad durante el periodo 2014-2023. La soledad puede aparecer en distintas edades y circunstancias, y no depende únicamente de tener muchas o pocas relaciones.

Esto es importante porque la soledad suele llevar consigo una segunda experiencia: pensar que somos los únicos.

Miramos alrededor y vemos personas aparentemente acompañadas: parejas, amigos, familias, personas que hacen planes, personas que parecen seguras.

Y en esta comparación que a veces parece inevitable, podemos llegar a pensar:

«A todo el mundo le resulta fácil relacionarse menos a mí.»

“Parece que la gente se siente completa con las personas que tiene alrededor menos yo”.

Pero no podemos ver lo que ocurre detrás de las conversaciones, las sonrisas o los roles que cada persona desempeña.

Muchas personas están buscando exactamente lo mismo: un lugar donde poder hablar de lo que llevamos dentro realmente.

Donde poder ser y sentirnos vulnerables.

¿Qué podemos hacer cuando nos sentimos solos?

No existe una solución única para la soledad. Y tampoco se trata simplemente de «salir más» o «conocer gente».

A veces necesitamos más vínculos.

Pero otras veces necesitamos vínculos diferentes.

Relaciones en las que podamos sentirnos escuchados, aceptados y comprendidos.

Algunas preguntas que pueden ayudarte a empezar:

1. Preguntarte qué significa realmente para ti sentirte acompañada/o

No todas las personas necesitamos lo mismo.

Quizá necesites poder hablar de lo que sientes.

Quizá necesites pasar tiempo de calidad con alguien.

Quizá necesites más contacto físico.

Quizá necesites compartir intereses.

Quizá necesites sentir que alguien se acuerda de ti y pregunta cómo estás de verdad.

Quizá necesites sentir que la personas de tu alrededor se toman en serio algo por lo que estás atravesando.

Identificar qué significa para ti la conexión es un primer paso.

2. Empezar a mostrar pequeñas partes de tu vulnerabilidad

No hace falta contarle tu vida entera a alguien de repente.

Puedes empezar con algo pequeño.

«Últimamente estoy un poco saturada.»

«Hay algo que me está preocupando.»

“Estoy triste aunque me cueste mostrarlo”.

«Me está costando más de lo que pensaba.»

«Necesito hablar, pero no necesito que me soluciones nada.»

A veces la intimidad emocional comienza con una pequeña puerta que nos atrevemos a abrir.

3. Observar cómo responden las personas cuando te muestras de verdad

Abrirte también puede ayudarte a descubrir qué relaciones te hacen sentir seguro y cuáles no.

No todas las personas tienen la capacidad o la disponibilidad emocional que necesitamos.

Y reconocerlo también forma parte del proceso.

Conectar no significa conseguir que todo el mundo te comprenda.

Significa aprender a reconocer con quién puedes ser tú misma/o.

4. Practicar una escucha diferente

La conexión no depende solamente de cuánto compartimos nosotros. También es algo que se crea de forma conjunta. Cuando yo aporto acogida a la parte real y vulnerable de la otra persona, hago más fácil crear ese clima en el que te puedas mostrar y sentirte más segura/o.

Y también, hacer sentir segura a la otra persona.

Para ello, también puedes preguntarte:

¿Escucho para responder o para comprender?

¿Dejo espacio para que la otra persona termine?

¿Puedo estar presente cuando alguien me muestra algo incómodo o doloroso?

¿Sé preguntar «¿quieres que te escuche o quieres que busquemos una solución?»?

La conexión se construye en ambas direcciones.

5. Pedir lo que necesitas

A veces esperamos que los demás sepan cómo acompañarnos. O sentimos que está mal o no tiene sentido pedir aquello que necesitamos.

Pero nadie puede leer nuestra mente, y puede que el otro necesite cosas diferentes a lo que puedes necesitar tú y por ello se le haga difícil poder estar como necesites. O simplemente, respondemos como hemos aprendido a hacerlo.

Para ello, es realmente valioso poder pedir para crear mejores relaciones. Una relación que sea más cuidadosa con las necesidades de las personas presentes.

Podemos aprender a decir:

«Ahora mismo no necesito consejos.»

«¿Puedes escucharme un rato?»

«Esto que te voy a contar me cuesta.»

«Necesito sentir que estás conmigo, aunque no sepas qué decir.»

Pedir lo que necesitamos también es una forma de cuidar nuestras relaciones.

¿Y si me cuesta muchísimo mostrarme?

Aquí es donde la psicoterapia puede convertirse en un espacio especialmente importante.

Porque para algunas personas el problema no es simplemente que no tengan relaciones.

El problema está en que han aprendido a protegerse dentro de las relaciones.

Quizá aprendieron que mostrar determinadas emociones podía generar rechazo o juicio.

Quizá sintieron que sus necesidades eran demasiado.

Quizá no encontraron personas capaces de escucharles.

Quizá llevan muchos años siendo fuertes para los demás y han aprendido a sostener y cuidar más que a ser cuidadas/os.

Quizá han vivido experiencias en las que mostrarse vulnerables no se sintió como algo seguro.

Y entonces pedir ayuda puede resultar paradójico:

«Me siento sola/lo porque me cuesta mostrarme, pero me cuesta mostrarme porque tengo miedo de no ser comprendido.»

La psicoterapia puede ofrecer un espacio diferente. Un lugar donde poder ir poniendo palabras a aquello que quizá fuera difícil expresar en otros contextos, haciendo que ese miedo sea más manejable y por tanto, sea más fácil cambiar aquello que está ocurriendo hoy en día.

¿Cómo puede ayudar la Psicoterapia Integrativa?

La Psicoterapia Integrativa parte de una mirada amplia de la persona.

No se trata únicamente de preguntarnos «¿qué te ocurre?», sino también de explorar cómo has aprendido a relacionarte contigo mismo, con tus emociones y con las demás personas.

En un proceso terapéutico podemos explorar cuestiones como:

  • ¿Qué haces cuando necesitas ayuda?
  • ¿Qué emociones te resulta más difícil mostrar?
  • ¿Qué temes que ocurra si enseñas tu vulnerabilidad?
  • ¿Qué aprendiste sobre necesitar a los demás?
  • ¿Te resulta más fácil cuidar que dejarte cuidar?
  • ¿Sueles utilizar el humor, la distancia o la autosuficiencia para protegerte?
  • ¿Qué ocurre dentro de ti cuando alguien intenta acercarse emocionalmente?
  • ¿Qué necesitas de tus relaciones para sentirte verdaderamente acompañada/o?

La terapia no consiste en aprender a «necesitar menos» a los demás.

Tampoco consiste en obligarnos a abrirnos con cualquiera.

Puede consistir, más bien, en comprender nuestros patrones de relación y construir nuevas maneras de vincularnos que permitan sentirnos más seguros siendo quienes somos.

Y, en ocasiones, la propia relación terapéutica se convierte en una experiencia significativa: poder hablar sin tener que desempeñar ningún papel, sin tener que hacer reír, sin tener que parecer fuerte y sin tener que justificar constantemente lo que sentimos.

Simplemente estar.

Y ser escuchado.

La soledad también puede ser una señal

Sentirse sola/o no significa necesariamente que haya algo defectuoso en nosotros.

Puede ser una señal.

Una señal de que necesitas más conexión.

De que quizá estamos viviendo demasiado tiempo detrás de un determinado rol.

De que hay emociones que necesitan espacio.

De que algunas relaciones ya no nos permiten sentirnos como necesitamos.

O de que estamos echando de menos una forma de intimidad que todavía no sabemos cómo construir.

Por eso, quizá la pregunta no sea solamente:

«¿Por qué me siento solo si tengo gente a mi alrededor?»

Quizá podamos empezar a preguntarnos:

«¿Qué parte de mí está necesitando ser vista, escuchada y comprendida?»

Y esa pregunta puede ser un comienzo.

En Arimarekin podemos acompañarte

En Arimarekin Psicoterapia Integrativa, nuestro despacho ubicado en Moyua, Bilbao, trabajamos desde una mirada integrativa y centrada en la persona.

Si llevas tiempo sintiéndote sola/o, desconectada/o o con dificultades para compartir lo que realmente te ocurre con las personas que te rodean, puede ser útil contar con un espacio terapéutico en el que puedas explorar qué está pasando y qué necesitas.

No tienes que saber exactamente qué te ocurre para pedir ayuda.

A veces, basta con poder decir:

«No sé muy bien qué me pasa, pero me siento sola/o y necesito entenderlo.»

Ese también puede ser un buen lugar desde el que empezar.


Marina Ferreras Picazo
Psicóloga General Sanitaria
Psicoterapia Integrativo Relacional y Sistémico Relacional.
Nº de colegiada: BI04966

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